Por Ricardo Abdahllah

Cuando vi Nunta Muna, la única película del rumano Horatiu Malaele que es más bien un hombre de teatro, tuve problemas para que me gustara la primera secuencia, en la que el equipo de un programa de televisión, lo suponemos local y de bajo presupuesto, llega a una aldea en ruinas para rodar una nota sobre las causas de la destrucción del lugar. La fotografía es impecable, los actores se comportan como deben hacerlo bajo la dirección de un tipo con una experiencia como la de Malaele, pero yo tenía problemas con la idea de que, al paso de los camarógrafos, los sobrevivientes de esa catástrofe se movieran entre las ruinas, sin  que uno supiera muy bien si eran testigos, o más bien fantasmas. Sobre todo me molestaba el lugar común. Yo, que no creo en muchas cosas, creía posible que al llegar a algún lugar uno sintiera una cierta energía, pero de ahí a “ver” pasar las personas que habían vivido estaba el paso enorme de los sobrenatural, una concesión que me parecía morboso saltar cuando uno trataba de hechos históricos y trágicos, así como en la película, no fueran reales. Unos meses después conocí Oradour-sur-Glane, era una visita varias veces aplazada porque siempre había tenido cierta curiosidad por seguir la flecha que se desprende en la salida 28 en la ruta que lleva de París a Limoges.


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La expresión “lugar de memoria” me gusta menos que los lugares de memoria, no porque no me parezca necesaria, sino porque me parece incompleta. Un lugar de memoria es un lugar donde se cometió una atrocidad y muchas veces es señalado, como arrepentimiento pero no como remedio, por las personas que con los ojos abiertos o cerrados permitieron que esa barbarie ocurriera.
Desde tiempo antes del momento en que bajé del auto junto a la estatua de una mujer desnuda envuelta en llamas, había leído la historia de la ciudad-martir de Oradour.

Las tragedias de guerra del siglo XX nos impresionan porque las sentimos cercanas, porque nos tocan de una manera que las guerras de conquista romanas o las campañas napoleónicas ya no pueden tocarnos porque los hombres que murieron en Oradour o Dresden o Hiroshima veían autos y escuchaban radio y viajaban en trenes y algunos de quienes los vieron morir siguen vivos, mientras los guerreros de otras épocas nos parecen personajes de literaturas, por eso su suerte nos importa más y por una mezcla del sentimiento de culpa, que no es un sentimiento noble sino cobarde, y del temor a volver a ser los asesinos que fuimos, en homenaje a ellos creamos lugares de memoria. La estatua tiene escrita una frase de Paul Éluard, “ A las mujeres hicieron el peor de sus martirios, no perdonaron ni siquiera a sus hijos”. Tras leerla se entra por un túnel que da a una calle cualquiera de un pueblo cualquiera, pero uno tiene la impresión de que hay personas que se esconden detrás de los muros, que se asoman por la ventana de un muro, lo único que quedó donde antes había una casa, y vuelven a esconderse, de que una muchacha con una falda larga baja por una de las colinas y desaparece al llegar a la esquina.

 

 

 

 

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Entonces lo que parecía un pretexto, una herramienta narrativa morbosa para contar la realidad, se vuelve honesta porque es real. La segunda guerra mundial fue generosa con días que se congelaron en lugares particulares. Oradour sur Glande se congeló en la tarde del 10 de junio de 1944, la decisión de congelarla fue tomada esa misma mañana por varios oficiales alemanes sentados en torno a una mesita en la recepción del hotel que aún queda frente a la estación de trenes de Limoges. Tras una batalla que parecía poder inclinarse hacia cualquier lado durante las primeras horas, un contingente de miles de soldados americanos, ingleses y australianos, comenzaba a avanzar en la región de Normandía y comenzaba a hacerse evidente que la Francia que había capitulado sin luchar tres años atrás, colaboraría ahora con la Resistencia, ese conglomerado de grupúsculos de guerrilleros mal organizados, que a punta de acciones terroristas medio suicidas había sido hasta entonces el único dolor de cabeza de los alemanes ocupantes. Había que realizar una acción que diera de qué hablar en la región, que obligara a dudar a quienes pensaban que, con el avance de los aliados por el norte, ahora valía la pena apoyar a los miembros de la Resistencia. Uno de los asistentes dijo que en Oradour se escondía un grupo de guerrilleros y tan fácil como eso, el pueblo resultó ser el elegido. Nunca se sabrá si a la mañana siguiente, cuando el oficial Adolf Diekman llegó al frente de un grupo de venticinco soldados, sabía que el Oradour del que se había hablado era Oradour sur Vayres. 35 kilómetros al sur y que en Oradour sur Glane no había un solo miembro de la Resistencia. Si lo sabía, el llamado que hizo para que le fueran entregados los combatientes, fue sólo un pretexto que se había decidido como justificación de un pueblo escogido sólo porque era fácil de arrasar.

 

 

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Si no, debió darse cuenta del error, conforme pasaban los minutos y pese a que todo el pueblo se había reunido en el campo de ferias frente a él, no sólo nadie decía nada sino que el mismo alcalde, designado por el régimen proalemán de Vichy, ofrecía su vida como garantía de que en Oradour no había ni guerrileros ni armas escondidas. Con esa misma confianza, las mujeres y los niños se dejaron condcuir a la iglesia y los hombres del pueblo, no pusieron problema para que los soldados alemanes los llevaran en grupos de treinta hacia los seis locales donde, eso decía les Diekman, podrían estar escondidos los combatientes y el armamento. En cada uno de esos lugares, los alemanes dieron la orden de buscar e instalaron metralletas apuntando hacia adentro en las puertas y ventanas. Sin saber que otros grupos de soldados repetían la estrategia de apuntar hacia adentro y que los camiones que habían traído a los alemanes estaban cargados con gasolina y granadas incendiarias, los hombres buscaron. Sabían tan bien como los que les apuntaban que no hallarían nada. A las cuatro en punto de la tarde, cuando los hombres de Oradour creían que los nazis se irían, satisfechos con lo infructuoso de la búsqueda, se escucharon gritos en alemán. Alguno pudo creer que querían decir “No hay nada, vámonos”, pero lo que siguió fueron las ráfagas de todos los soldados disparando hacia adentro por las puertas y ventanas. No hubo tiempo de correr. No importaba. Ni con todo el tiempo del mundo, los habitantes de la ciudad habrían podido escapar de los locales donde por cada puerta y ventana disparaba una ametralladora.  El tiroteo no duró ni siquiera dos minutos, los alemanes no tomaron el tiempo de rematar a los que sólo estaban heridos antes de comenzar a incendiar los locales.


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Sólo cinco de los cientoochenta hombres del pueblo consiguieron escapar. Los cinco estaban en el mismo local. Los cadáveres de sus cincuenta y cinco compañeros que cayeron primero los protegieron de las balas y apenas iniciaron el incendio de la bodega donde estaban, los alemanes los abandonaron para dedicarse a incendiar las construcciones vecinas. Al hacerlo veían salir a personas que se habían escondido en los armarios o los sótanos, ninguno de ellos logró correr más allá de la mitad de la calle.
En ese mismo momento, un pequeño grupo de soldados ingresaba con una caja de madera a la iglesia y salía de inmediato amenazando con sus fusiles a quien quisiera seguirlos. Los 350 mujeres y niños que estaban encerrados en el edificio apenas tuvieron tiempo de ver los cordones humeantes que llegaban al interior de la caja antes de escuchar la explosión. Los alemanes esperaban que la iglesia se derrumbará, pero la edificación siguió en pie, así que abrieron la puerta principal y recibieron a los que intaban salir con ráfagas y granadas, antes de avanzar hacia el interior sin dejar de disparar. La lista de quienes lograron escaapr con vida empieza y termina con Marguerite Rouffanche, que pudo lanzarse por una ventana y corrió con la suerte de escapar a las ráfagas que parecían salir de todas las calles del pueblo, que desde las colinas cercanas se veía como una sola hoguera. Marguerite pasó dos días escondida en el jardín de una casa que se había incendiado por completo. Cuando volvió a salir, como un fantasma entre las ruinas, los alemanes se habían tomado el trabajo de recoger los 349 cuerpos carbonizados que habían quedado en la iglesia y la mayoría de los casi doscientos esparcidos en el resto del pueblo y enterrarlos en fosas comunes.

Fue apenas unos meses después, en enero 1945, que se decidió no tocar nada. Oradour sur Glane sería reconstruida a unos cientos de metros y las ruinas se conservarían tal como amanecieron el 11 de junio. Al caminar por ellas uno piensa que algunos objetos fueron movidos para exponerse mejor, que esas máquinas de coser en cada casa y ese  auto en la mitad de la calle son demasaido mórbidos para ser reales. Luego están las personas que parecen asomarse, los ruidos raros, un recurso narrativo que usa la ciudad para convencernos no tanto de lo cerca que estamos de ser mártires como de la facilidad con la que podemos convertirnos en verdugos.

Ricardo Abdahllah